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miércoles, agosto 17, 2022
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Evolución y el futuro del cereal en los próximos diez años

Reflexiones y necesidades para incrementar el beneficio de las explotaciones agrarias. Lo que la mejora genética nos puede aportar. La agricultura cerealista atraviesa por un momento difícil, pero debemos luchar contra esa situación optimizando los recursos y mejorando la gestión

Valentín López, director comercial RAGT

Antes de iniciar este artículo, me preguntaba cómo eran nuestras explotaciones y cultivos de cereal hace diez años: mirar al pasado, pasando por el presente para imaginar el futuro. Escribir sobre lo que ha pasado es relativamente fácil, pero hemos de procurar ser lo más objetivos posible para no errar en nuestras conclusiones.

Valentín López

Iniciábamos las siembras del otoño de 2006 sin imaginarnos que la cosecha de 2007 sería generosa y vendría marcada por unos precios nunca conocidos, batiendo record en las cotizaciones, que a fecha de hoy aún recordamos con nostalgia. Este buen inicio, como parafrasea el refranero castellano ha sido el preludio de años duros y difíciles, hasta llegar a la situación de este año, la cosecha de 2017, con precios bajos y producciones bajo mínimos, que en muchas zonas de Castilla y León no se recordaban en los lustros y décadas precedentes.

Con esta reflexión inicial fijamos la premisa de que la agricultura cerealista española y la castellana atraviesan por un momento difícil -o al menos complicado- fruto de la cada vez más acentuada inestabilidad de las cosechas, como consecuencia de unas condiciones climáticas cambiantes, donde el principal factor limitante, que es el agua en forma de lluvia y nieve, cada vez es más escaso y a la vez irregular.

Agricultura digital

Coincidimos que la principal arma que tenemos para luchar contra esta situación es adaptar nuestros medios de producción, optimizar los recursos disponibles y gestionarlos de una forma más eficiente.

La digitalización de la agricultura es una realidad, estamos en la fase inicial, pero será una de las grandes revoluciones en los próximos años, facilitándonos información detallada sobre el consumo de inputs y agregando valor a nuestras producciones, revalorizando las calidades de nuestras cosechas y poniendo en el mercado de manera más transparente el producto de una forma más tipificada, que se ha de ajustar a la demanda de la industria transformadora .

Las empresas que trabajamos en la mejora genética ya hemos incluido estos parámetros dentro de nuestros objetivos. Y trabajamos a diez años vista para ofrecer al agricultor las variedades que sembrará dentro de una década, el tiempo necesario para obtener una nueva variedad de cereal y ponerla en el mercado.

No somos ajenos a la revolución digital, y la hemos incluido de forma activa y prioritaria en nuestra forma de trabajo, en nuestro ADN, siendo la selección genómica una herramienta indispensable al servicio del conocimiento y de la creación de nuevas variedades, donde anticipamos soluciones frente a las nuevas demandas y retos.

Sensibilidad medioambiental

La agricultura española es un laboratorio del cambio climático, que utilizamos como punta de lanza en el resto del mundo. Cuando las cosas se ponen complicadas, es cuando utilizamos todo nuestro ingenio, y este ejercicio de ingeniería ha de ser crucial para avanzar todos juntos.

Menos agua y distribuida de una manera más irregular, con menos recursos para nuestros regadíos, por lo que hemos de crear variedades resistentes a la sequía y plantas mucho más eficientes en el uso del agua.

El reto es ahorrar hasta un 20% de agua manteniendo las producciones actuales, y mejorar el rendimiento un 10% en condiciones de lluvia normales. Un objetivo colateral es el aumento de la estabilidad de las cosechas, donde el valor mínimo aumente más que el valor máximo. Poniendo un ejemplo, que la diferencia entre un año bueno y un año malo no oscile más allá de un 15% del valor medio. Este reto aporta un indicador vital para la economía agraria, que es la renta mínima garantizada. En un contexto de ayudas a la producción limitadas y decrecientes de forma directa, la producción real ha de suplir este desfase y ser el pilar de la nueva agricultura.

El respeto por el medio ambiente es un mandato de los ciudadanos de la Unión Europea a sus agricultores -y la limitación en el uso de fertilizantes y productos fitosanitarios- que nos obliga en paralelo a crear plantas más sanas y fuertes. No nos podemos permitir perder parte de nuestra cosecha por enfermedades, por lo que las variedades del futuro han de ser resistentes o expresar un nivel de tolerancia elevado frente a los principales patógenos y plagas de los cultivos.

Hay oportunidades

En los cereales hemos visto la evolución de hongos (septorias, royas, fusarium…), y virus (mosaico del trigo, enanismo de la cebada) y plagas como la mayetiola, nefasia, calamobius, topillos entre muchos otros, y poco a poco vamos viendo cómo la genética es una solución a parte de estos problemas.

La fertilización de precisión, localizada y con liberalización a demanda de la planta es un modelo que se va implantando poco a poco. En los cultivos intensivos es una realidad, y el traspaso del modelo a los cultivos extensivos y, por ende, a los cereales es cuestión de tiempo y no tiene marcha atrás. La correcta mecanización de este sistema, y la evolución en los productos ha de suponer un ahorro de costes para el agricultor y una mejora de las condiciones agroambientales del entorno de producción y de la calidad de las cosechas.

Barrera ecológicas, cultivos repelentes, cultivos cinegéticos, agentes polinizantes, refugios naturales y sostenibilidad evolutiva, son términos que irán asociados a la actividad agraria y supondrán una gran oportunidad para aquellos profesionales que sepan aprovecharla.

La evolución pasa por una correcta formación. La educación en la era digital y la revolución genómica van a ser dos pilares que el agricultor del año 2030 ha de manejar, estar familiarizado con ello, y cuanto antes empecemos a trabajar todos juntos codo con codo será mucho mejor.

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