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viernes, diciembre 2, 2022
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Embalses, más que una garantía para los regadíos de Castilla y León

La Confederación Hidrográfica del Duero gestiona una capacidad de embalse que supera los 2.877 hectómetros cúbicos, con 18 infraestructuras para el almacenamiento de agua. El mayor consumo está vinculado a los usos agroganaderos, el 90% de la demanda
Foto: Embalse de Riaño.

La historia de las presas habla de ingeniería en estado puro donde el ingenio debe responder al reto que plantean las limitaciones naturales. La ingeniería hidráulica ha estado presente de forma permanente en la historia, incidiendo en dos aspectos básicos para el aprovechamiento del agua: su almacenamiento y su transporte.

La ingeniería romana nos ha dejado presas como las de Proserpina y Cornalbo que aseguraban el abastecimiento a la ciudad de Mérida y acueductos, como el de nuestra entrañable Segovia, que permitían disfrutar en la ciudad del agua captada a kilómetros de distancia en la sierra.

Los árabes fueron nuestros maestros en el arte de derivar y distribuir las aguas a través de una magnífica red de acequias y azudes; y un sistema de riego (azarbes) que permitía tres usos consecutivos del agua aprovechando las diferencias de cota del terreno (alta, media, baja vega) mediante una red de acequias que iba recuperando del sistema superior para alimentar el inferior.

España presenta una mala distribución de las precipitaciones, tanto en el espacio como en el tiempo: Inundaciones y sequías se suceden a lo largo de nuestra geografía año tras año. En este último año hidrológico, en la Cuenca del Duero, tenemos zonas que acumulan una precipitación superior a los 1.500 litros por metro cuadrado, mientras que, en otras, no se han alcanzado los 300, de ahí que, garantizar las necesidades de agua en cualquier punto de nuestro territorio va a depender de la capacidad de almacenamiento disponible, a fin de acomodar la irregular escorrentía natural a las demandas existentes.

En la misma línea, en nuestro país solo se puede aprovechar de forma natural el 8% del agua que nos llueve del cielo, sin embargo, los embalses que se han ejecutado por toda la geografía nacional han aumentado nuestra capacidad de aprovechamiento por encima del 40% del volumen de la precipitación media anual, valores que disfrutan de forma natural en los países de Centroeuropa.

La cuenca

La capacidad de embalse de la cuenca del Duero en territorio español alcanza los 7.500 hectómetros cúbicos, siendo 2.877,5 de estos, es decir, algo menos del 40% la capacidad gestionada, en la actualidad, desde la Confederación Hidrográfica del Duero, a través de 18 embalses, que abarcan un periodo de construcción comprendido entre los años 1923 (Cervera–Palencia) y 2004 (Irueña–Salamanca).

La demanda total de agua en la cuenca se aproxima a los 4.300 hectómetros cúbicos, teniendo en cuenta la utilización de todos los recursos, tanto de aguas superficiales como subterráneas. Los consumos más significativos están asociados a los usos agroganaderos (3.900 hectómetros), los cuales representan el 90% de la demanda, y al abastecimiento urbano, cuya demanda se estima en 332 hectómetros, siendo poco representativa la participación de los usos industriales y otros.

Para dar respuesta a estas necesidades, el conjunto de presas del Estado gestionado por la Confederación Hidrográfica del Duero juega un papel estratégico. Las tipologías de estas grandes obras de almacenamiento y distribución de agua difieren según las variables geográficas y los condicionantes técnicos y medioambientales de cada caso, así podemos disfrutar tanto de elegantes presas bóveda de hormigón, como Riaño (León) o El Castro de las Cogotas (Ávila), como de las más tradicionales presas de gravedad como Compuerto (Palencia) y Cuerda del Pozo (Soria), sin olvidarnos de Úzquiza (Burgos), una presa de materiales sueltos que se encuentra prácticamente integrada y mimetizada con el entorno natural.

Sistemas de explotación

Como se ha señalado anteriormente, las 18 presas gestionadas por la Confederación, así como tres presas dependientes de Iberdrola, garantizan la disponibilidad del agua para las distintas demandas existentes en los trece sistemas de explotación en que se ha dividido la cuenca.

Con carácter general, cada sistema se apoya en un río principal, que se encuentra regulado a través de una serie de presas que permiten disponer de agua bajo cualquier situación sobrevenida. En el Sistema Bajo Duero, aunque se cuenta con el embalse de San José dentro de su ámbito geográfico, la instalación carece de funciones de regulación.

Los embalses garantizan, asimismo, el abastecimiento de las poblaciones, de forma que pueda captarse con garantías para este fin desde ríos o canales. Son fuentes superficiales que aseguran tanto la cantidad de agua como su calidad, a través de los tratamientos oportunos.

Por otra parte, las presas tienen asociado un salto de agua que ha impulsado el desarrollo de una fuente de energía totalmente renovable, que evita la emisión a la atmósfera de millones de toneladas de CO2, además de versátil, dado que puede dar respuesta con cierta facilidad a las puntas de demanda eléctrica que se puedan producir, sin depender de las circunstancias climatológicas (sol o viento).

Desde otro punto de vista, garantizan un caudal permanente en el río durante todo el año, evitando que pueda llegar a secarse en época estival, situación que se produce en muchos ríos y arroyos no regulados.

Y aunque pueda parecer paradójico, muchos de los embalses se encuentran calificados como zonas húmedas desde el punto de vista ambiental, constituyendo entornos de referencia para las aves migratorias. Un embalse incluso ha llegado a dar lugar a la declaración del único espacio protegido de la provincia de Valladolid: las riberas de Castronuño, con una gran riqueza en avifauna; espacio natural indisolublemente asociado al embalse de San José.

Para finalizar, no se debe olvidar que los embalses permiten el desarrollo de actividades económicas ligadas con el ocio y el turismo, y pueden convertirse en una fuente de ingresos del territorio donde se asientan.

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