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lunes, junio 27, 2022
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Reconstruir nuestra tierra gracias a la agricultura de conservación

La agricultura de conservación mantiene la riqueza original del suelo, aprovecha los nutrientes del cultivo y permite reducir el uso de pesticidas y fertilizantes.

Esta práctica cultural basa su lucha contra las malas hierbas en la rotación de cultivos

Para un agricultor tomar la decisión de cambiar sus prácticas habituales por otras que conservan mejor el suelo supone un paso adelante importante. Tener la información adecuada y el consejo de otros profesionales es esencial. El salto es principalmente cualitativo, ya que la agricultura de conservación permite alterar lo menos posible la tierra, su composición, estructura y biodiversidad.
“Después de más de 20 años con esta labor, no ves erosiones en la finca, la materia orgánica se regenera y poco a poco mejora la tierra… La estás reconstruyendo, y eso es lo mejor”. Así lo explica Alfonso Adrián, un agricultor de la zona de Lerma (Burgos) que cultiva 500 hectareas en siembra directa, y con unas producciones similares a las de otros profesionales.
Convencido de que es la mejor opción, practica este sistema desde 1992, cuando su padre viajó a Canadá y comprobó los resultados de un sistema que conserva la riqueza original del suelo, reduciendo el uso de pesticidas y fertilizantes. No lo degrada ni erosiona, como ocurre en la agricultura tradicional, y puede ahorrar entre un 30-40% de tiempo, mano de obra y combustibles, sin olvidar las emisiones nocivas a la atmósfera.

Primer paso: análisis

El agricultor que se inicia en siembra directa o mínimo laboreo -ambas prácticas, de agricultura de conservación- tiene que analizar previamente las características del suelo que trabaja, el clima o las dificultades con las que se va a encontrar, para después escoger la mejor máquina de siembra, según aconsejan desde la Asociación Vallisoletana de Agricultura de Conservación (AVAC).
Si es posible, es mejor contar tanto con máquina de discos como de reja, “algo difícil económicamente, aunque ya existen en el mercado sembradoras híbridas que podrían ser otra opción”. Lo que sí consideran imprescindible es que la sembradora también pueda localizar el fertilizante en la línea de siembra.

Elegir la sembradora

Existen muchos modelos, pero al final el agricultor, sobre todo el que comienza en esta práctica, “debe observar las que mejor lo hacen en su zona, para tomar una decisión acertada en la compra o el alquiler”.
El agricultor de Lerma cuenta con las dos. Alfonso inició su labor con la sembradora de reja que compró en 1992, y aún hoy en día sigue utilizándola en sus tierras. Dependiendo del terreno cuenta también con una de discos, que se adapta mejor a los suelos con piedras. Tiene una sembradora monograno para girasol y neumática de seis metros para cereal. “La inversión más grande que se realiza es en la sembradora, pero al final es un gasto parecido al que pueden tener los de agricultura convencional; tienen miedo de ese coste más alto, cuando no lo es”.
AVAC recuerda la importancia de saber la cantidad de hectáreas al año que se estima sembrar, al igual que las características del suelo. “En uno erosivo, las sembradoras de reja deberían de hacer una buena siembra y ser más económico su mantenimiento, pero una de disco haría una sementera más limpia, depositando la semilla en la ubicación adecuada”. Precisamente disponer de un sistema de enterrado de semillas adaptado para evitar atascos es fundamental en las sembradoras para este tipo de laboreo, como apunta José María Velasco, de la Asociación Burgalesa de Laboreo de Conservación (Abulac).
A la hora de sembrar, explica, se ha de hacer perpendicularmente a las líneas de la cosechadora y “hasta que tengamos una cubierta vegetal abundante, usaremos un 10% más de semilla”. La profundidad de siembra dependerá del tipo de máquina, la humedad, la época en la que se realice esta labor y, por supuesto, de las características de la semilla.

Restos vegetales

Para que sea definida como tal, la agricultura de conservación debe tener , al menos, el 30% de su superficie cubierta con restos vegetales.
“La no labranza y la cubierta vegetal evitan la erosión hídrica y eólica. Además, los restos alimentan la biología del suelo y promueven la acumulación de materia orgánica”. Así lo especifica AVAC, que para gestionar el abundante rastrojo que ha dejado la excelente cosecha anterior sugiere, entre otras tácticas, “sembrar cultivos de siembra primaveral, como el girasol, ya que en estas fechas la paja ha sufrido procesos físicos y químicos que hacen que la sembradora la gestione bien”.

Abonado

Uno de los puntos de interés entre los profesionales que deciden aplicar la agricultura de conservación es la fertilización.
“En función de los resultados del análisis de nuestra tierra la aportación del abonado ha de ser la más apropiada para el cultivo que vamos a sembrar; esto es válido también para la siembra convencional”, como afirma Velasco. Quizá en siembra directa, en los primeros años, “tengamos que emplear un 15-20% más en unidades de nitrógeno, para ayudar a la descomposición de los residuos vegetales”.
Los restos contribuyen también al control de las malas hierbas, uno de los principales problemas con los que se topa el agricultor.
En sus parcelas, Alfonso Adrián se encuentra con hierbas cada vez más resistentes a los herbicidas. “Supone una dificultad en siembra directa, ya que hay que combatirlas químicamente”. De momento la única solución, confiesa, es la rotación de cultivos. En su caso, el 50% suele ser para proteaginosas, oleaginosas… y el otro 50% cereal”.

Eliminar hierbas antes de la siembra

En agricultura de conservación el glifosato es una herramienta indispensable para eliminar las hierbas nacidas antes de la siembra. El resto de tratamientos aplicados son exactamente los mismos que se utilizan en la agricultura tradicional. Un problema añadido a ese difícil control de malas hierbas es la cada vez más ajustada autorización de materias activas por su toxicidad.
“De seguir así, esto podría reducir el volumen de nuestras cosechas a unas cifras con las que sería más rentable no sembrar”. Al menos así lo entiende AVAC. Lo que sí tienen en común el agricultor tradicional y el de conservación es la permanente labor de seguimiento del cultivo para lograr el que, para ambos, es el objetivo principal: obtener los mejores resultados de cosecha.
En siembra directa ese seguimiento se hace aún más necesario, como destaca José María Velasco, con el fin de conocer las carencias del cultivo, su infestación, el avance de las malas hierbas… “La técnica empleada viene a ser todo lo contrario de lo que en algunas ocasiones se dice, que está pensada para agricultores cómodos y especuladores; si se hiciera con esta idea, nunca daría un resultado positivo”.

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