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martes, noviembre 30, 2021
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La llegada de nuevas variedades enriquece aún más el mapa vitivinícola de Castilla y León

Tomás Jurío
Tomás Jurío

El pasado 23 de abril se cumplían quinientos años de unos hechos que acontecieron en Villalar de los Comuneros. Si de algo debe servir el conocimiento de la historia es para aprender de ella. Pero no voy a hablar de historia, de guerras, ni de luchas por el poder, eso es algo que compete a los historiadores. A mí lo que gustaría es viajar a aquella época para poder ver cómo eran los campos de aquella Castilla y León, saber cómo eran los viñedos de entonces y dónde se ubicaban, conocer qué variedad o variedades de vides se cultivaban, qué tipo de vino bebían nuestros antepasados, y cómo lo elaboraban.

Corría el siglo XVI y el vino ya era algo importante en nuestra tierra. Puede parecernos que en aquella época no había normas reguladoras en el sector vitivinícola, y que todo el vino era igual. Sin embargo, no es así. De este a oeste y de norte a sur de nuestra actual Comunidad existían viñedos, bodegas y tabernas de vinos.

Incluso en localidades como Tordesillas, Simancas, Portillo, etc. donde en la actualidad es difícil divisar un viñedo, se cultivaba la vid, e incluso en Medina de Rioseco se habían publicado las ordenanzas de 1513 que regulaban el sector en la localidad.

En la misma Valladolid el vino era el principal recurso económico de la ciudad, estando toda ella rodeada de viñedo, incluso era ampliamente abastecida con vinos ‘excelentes’ provenientes de la zona de Cigales y de las tierras de Medina por dos motivos: uno porque había demanda en la ciudad, y el otro porque el vino producido en Valladolid era de inferior calidad al de los alrededores.

tabla

Según crónicas de la época, en los márgenes del río Pisuerga había una uva ‘Temprana’ de gusto delicado. Y qué decir de los vinos producidos en lo que hoy es la actual DO Rueda, donde los vinos eran en su mayoría blancos y se envejecían al sol pudiendo conservarse durante años. Toro y Zamora eran zonas ampliamente reconocidas como vinos de excelente calidad, donde ya en 1489 se publicaron las ordenanzas para el control de las vides y los vinos. El Bierzo donde también se elaboraban blancos de excelente calidad e incluso había diferencia de precios en el vino según calidades, porque la mayoría no pasaba de la primavera siguiente al avinagrarse. Salamanca, Arribes, León, Ponferrada, Palencia, Burgos, Soria, Segovia, Ávila con su sierra de Gredos, todas ellas zonas donde se cultivaba la vid con mayor o menor éxito y localidades donde el vino era la bebida más consumida y preciada.

El comercio del vino con carretas y bueyes entre diversas localidades era algo normal, levantando muchas veces agravios entre productores, y siendo ésta la causa por la que desde las administraciones de entonces se promulgaban normas y ordenanzas que regulaban desde el cultivo de la vid hasta el comercio y consumo del vino en sus localidades.

En definitiva, hace quinientos años en toda nuestra tierra el vino estaba muy presente, con grandes diferencias en su calidad, pero donde todo era bebido y no había excedentes. Obviamente, el vino de entonces no sería como el de ahora, ni tendría la vida que tiene el actual, creo que hoy en día los vinos de Castilla y León son mejores que los de entonces, habiendo además ganado en diversidad.

mapa

Ya en el presente siglo XXI, veamos cuál es la situación del viñedo y del vino en esas tierras donde hace quinientos años, no lo olvidemos, se derramaba sangre en lugar de vino.

Castilla y León es la comunidad autónoma con más extensión de España y por tanto es lógico que haya diferencias entre sus uvas y vinos, sobre todo debido a la diversidad de sus suelos, su altitud y su climatología, todo ello muy cambiante de unas zonas a otras; las variedades y las formas de cultivo casi siempre se pueden extrapolar.

Además, en los últimos años se han plantado variedades de vid “foráneas” como pueden ser los cabernets, merlot, syrah, viognier, pinot noir, etc. Sin embargo, esas diferencias siempre serán positivas pues producirán vinos “diferentes”, con más o menos color, con más o menos aroma, más fuertes o más ligeros, etc. pero todos serán vinos buenos. En la actualidad Castilla y León tiene 80.506 hectáreas plantadas de viñedo, un 5,2% más que hace veinte años, representando un 8,5% del viñedo de España.

Hace veinte años nuestro viñedo representaba el 6,8%, lo que indica que hemos crecido y otras zonas de España han decrecido. Además, tal y como reflejo en el cuadro que acompaña a este texto, posee diez Denominaciones de Origen, tres zonas de vinos de calidad con indicación geográfica, una indicación geográfica protegida (Vino de la Tierra) y tres potenciales Denominaciones de Origen muy reducidas y prácticamente pertenecientes a bodegas particulares, que están en curso a la espera de la aprobación por las autoridades competentes.

Básicamente la diferencia entre todas estas figuras de calidad estriba en el número de variedades (49 en los Vinos de la Tierra frente a las 4 de Cebreros), en su rendimiento por hectárea (16.000 kilos en Vinos de la Tierra, frente a los 7.000 kilos de la mayoría de las DO), siendo este factor clave para el precio final del producto. Otra diferencia importante está en los controles externos e independientes que suelen ser más severos en las DO.

En el cuadro podemos ver las provincias que incluye cada zona, sus rendimientos, su año de constitución y por tanto su antigüedad, y el número de variedades detallando la mayoritaria de estas. La figura de calidad más antigua de Castilla y León es Rueda con 41 años de vida seguida de Ribera del Duero, Toro, Bierzo y Cigales con 30 años, el resto son zonas muy jóvenes.

Cada una de ellas posee un reglamento que cumplir y un pliego de condiciones técnicas que se debe respetar, siendo en muchos casos muy dispares; con independencia de las variedades y formas de cultivo de cada zona para mí la mayor diferencia estriba en la forma de elaboración de los rosados y crianza de los vinos.

Si hablamos de personalidad en los vinos, la figura de calidad con menos personalidad sería la de Vinos de la Tierra de Castilla y León, simplemente porque su zona de actuación es toda la Comunidad y como hemos podido observar la diversidad de suelos, climatología, orografía, altitud y variedades es enorme; ahora bien, entiendo que cada marca de vino que se ampare en esta figura intentará mantener una regularidad. Por el contrario, las DO son mucho más restrictivas acotando mucho más el marco varietal, formas de cultivo, elaboración, etc.

En los últimos veinte años se han recuperado zonas prácticamente olvidadas, de ahí el nacimiento de las nuevas figuras de calidad reconocidas. Por otro lado, desde el Itacyl se están intentado recuperar variedades olvidadas como “negro saudí”, “tinto jeromo”, “gajo arroba”, “cenicienta” y “estaladiña” en tintas y “puesta en cruz” en blancas, sobre las cuales ya hay elaboraciones piloto, pero hay más que han sido localizadas también en viñedos viejos y seguramente darán que hablar. También tenemos bodegas que rescatan viñas abandonadas que se acercan o incluso pasan de los cien años, elaborando vinos especiales y únicos.

Por todo ello, Castilla y León vitivinícolamente hablando está viva, es única y hay que cuidarla. En definitiva, Castilla y León ha sido siempre, lo es y lo seguirá siendo una tierra de grandes vinos, con sus aciertos y sus errores, pero no cabe duda de que su riqueza patrimonial vitícola es una de las más importantes, me atrevería a decir, del mundo.

No derramemos sangre como hace quinientos años. ¡Bebamos vino!


Tomás Jurío es ingeniero agrónomo y enólogo. Director de Finca Museum

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