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jueves, agosto 11, 2022
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La semilla de la remolacha, una garantía de futuro

La investigación en variedades supone más de cien millones de inversión anual en España, según Anove. Esta labor permite a los agricultores afrontar el cambio climático y compensar los efectos de la ‘agenda verde’ de la UE

La gran revolución de la agricultura no está teniendo lugar en los satélites ni en las aplicaciones informáticas, sino en la investigación que lleva a nuevas variedades de los cultivos, más productivas y con mayor capacidad para adaptarse a los cambios.

La directora de la Asociación Nacional de Obtentores Vegetales (Anove), Elena Sáenz, destaca la importancia de la labor que desarrollan en esta dirección empresas e instituciones.

“El coste medio para poner una nueva variedad vegetal en el mercado es de 1 a 1,5 millones de euros, y se tarda de 10 a 12 años en conseguirlo”, destaca.

En España, la investigación en variedades supone más de cien millones de euros de inversión al año, con una labor que se desarrolla en los 63 centros de I+D existentes en nuestro país. El 81% de las grandes empresas tiene su propio departamento de I+D, una actividad que en España supone cerca de 1.100 puestos de trabajo.

Estas compañías destinan a la investigación cerca del 20% de su facturación, en una actividad generadora de riqueza, que supone más de mil millones de euros al año para el Valor Añadido Bruto (VAB) español.

Esta labor es especialmente importante en el sector remolachero. En la Unión Europea, la producción de semillas de remolacha azucarera en la cubre más de 11.640 hectáreas, a las que cabría añadir las 580 hectáreas dedicadas a simiente de remolacha forrajera. “En el catálogo común se enumeran más de 1.680 variedades de remolacha azucarera y más de 120 variedades de remolacha con fines forrajeros”, subraya Sáenz.

A través de la innovación en mejora vegetal, las empresas obtentoras continúan buscando soluciones, tanto para los agricultores como para la industria. Gracias a las nuevas variedades, el productor puede optimizar sus sistemas de trabajo por medio de mayores rendimientos por unidad.

También se beneficiará de una mejor adaptación de las variedades a las condiciones locales del suelo y el clima, es decir, con una mayor adecuación al escenario introducido por el cambio climático.

En relación con la industria molturadora, las nuevas variedades también permiten mejorar los parámetros tecnológicos que aseguran una mayor eficiencia en los procesos productivos. Más azúcar en cada raíz, y más fácil de obtener.

De este modo, la responsable de Anove incluye entre los objetivos de la investigación en remolacha el incremento de la producción por hectárea (mayor rendimiento de la raíz y mayor contenido de sacarosa), la adaptación al estrés por calor y sequía y la resistencia a plagas y enfermedades, como ‘Sclerotium rolfsii’, ‘Heterodera schachtii’, ‘Rhizoctonia solani’ o ‘Cercospora beticola’.

También menciona la estabilidad en los rendimientos y la adaptación a las distintas zonas de producción, con un equilibrio adecuado entre esas resistencias y el rendimiento por hectárea.

Este proceso de cambio no es cosa de ayer, sino que ya comenzó en el siglo XIX con la selección de variedades de remolacha. Elena Sáenz recuerda que en los años 40 del siglo XX se avanzó en la duplicación de la diploidía, la hibridación (heterosis, vigor híbrido) y las variedades monogermen, con lo que se puso fin a la penosa labor de entresaque.

Con el final del siglo XX y el arranque del XXI los avances llegaron de la mano de la biotecnología, con la denominada biología celular, el cultivo ‘in vitro’ y la selección de marcadores moleculares. Ello está permitiendo ampliar la variabilidad genética de la remolacha e introducir resistencias desde plantas salvajes, como en el caso de la rizomanía.

Compensar los efectos del ‘Pacto Verde’

La aplicación de las estrategias comunitarias ‘De de la granja a la mesa’ y sobre la biodiversidad plantea desafíos importantes para los agricultores de la UE, ya que “se podría predecir una disminución de la producción de más del 20% para las principales cosechas hasta 2030”, según la responsable de Anove. Para ella, la mejora vegetal ayuda a compensar en parte estos efectos negativos.

La edición genómica, una revolución agrícola

El futuro pasa por la ‘edición’ de los genes, que persigue los mismos objetivos que la investigación convencional (rendimientos, resistencia, calidad…), pero con ventajas importantes, como la precisión, ya que “podemos trabajar en regiones concretas de los genes”.

Esta técnica supone un ahorro de tiempo muy importante, al permitir la domesticación de especies nuevas en un tiempo muy corto.

Esta técnica permite mutar un gen o corregir una mutación producida, así como alterar una o varias ‘letras’ de un gen. Con ella también se puede eliminar un trozo de un gen, añadir un fragmento o incluso activar o silenciar un gen.

Como siempre, el principal obstáculo está en la normativa comunitaria, ya que la Corte de Justicia de la UE ha dictaminado que las plantas obtenidas por edición del genoma deben ser reguladas como si fueran organismos modificados genéticamente (OGM), “cuando en realidad no lo son, puesto que no se introduce ningún gen, sino que se modifica uno ya existente”, señalan desde la agencia especializada SINC.

La UE ha iniciado un procedimiento para revisar la regulación, que se someterá a consulta pública en 2023. El acuerdo podría llegar en marzo de 2024.

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