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jueves, diciembre 1, 2022
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Los precios acompañan a una cebolla que ha caído en calibre y rendimientos

La cebolla es uno de los cultivos más atenazados por las limitaciones en el empleo de materias activas. Un cultivo que el agricultor conoce bien, pero que no deja de ser delicado. En un año de escasez como este, los productores de Castilla y León ven recompensada su fidelidad a esta producción, que no está en su mejor momento en otras regiones españolas.

Emeterio Sanz, presidente de la cooperativa Hormoba (Hortícola Moraña Baja), apunta que sus socios ya han recogido la mitad de la cebolla, tanto para industria como para consumo. Una parte de la producción (más de mil toneladas) se ha vendido directamente desde el campo, en jumbos, dada la previsión de que no quepa toda la producción en las naves.

La sociedad tiene capacidad para conservar hasta febrero 10.000 toneladas, en naves de ventilación forzada. Por el momento ya se han guardado 1.500 toneladas de cebolla blanca, destinada a industria, y 2.000 de la amarilla, para consumo. La previsión es acabar el arranque antes del 30 de septiembre, pero todo dependerá de cuánto llueva.

Lo que se vende desde la tierra se paga a 300 euros por tonelada. Este año, con la novedad de que se compra hasta la cebolla de destrío, que se paga a 150 euros la tonelada y que llega al consumidor ya transformada.

La cooperativa siembra más de un tercio de la superficie de cebolla amarilla bajo contrato, de modo que este año podía haber ganado más en el mercado libre, “pero es mejor ser prudente en la comercialización, aunque unos años ganes más y otros ganes menos”.
Los rendimientos han caído y la cebolla tiende a ser más pequeña este año, pero la más demandada es la cebolla grande, dado que en Andalucía apenas ha habido.

La cebolla blanca suele dar 35 toneladas por hectárea y este año se ha quedado en menos de 32. La amarilla, por su parte, da una media de 70 toneladas por hectárea, pero este año se ha quedado en 65.

Los socios han sembrado 140 hectáreas de cebolla blanca, mientras que la amarilla se ha disparado desde las 70 hasta las 117 hectáreas, “gracias a que los socios están muy comprometidos con la cooperativa; se van concienciando de que es suya”.

Son datos muy positivos para un cultivo en el que muchas veces el agricultor tiende a sembrar menos o a abandonar, sobre todo por los problemas sanitarios.

“Queremos producir, pero si nos eliminan herbicidas e insecticidas, estamos abocados a desaparecer”, apunta Emeterio. Con la situación absurda de que “se importan productos de otros países en los que todos esos productos están permitidos”, denuncia.

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