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domingo, mayo 22, 2022
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La amargura de un agua caída a destiempo

José Ángel Cortijo, responsable Zona Noroeste de Fertiberia
La palabra clave para describir lo que ha sentido el agricultor durante la segunda semana de junio es la de frustración; de haber llovido en mayo como lo hizo en junio ahora estaríamos ante la mejor cosecha de secano de la década, y sin embargo todos hemos visto caer un agua que en la mayor parte de los casos ha sido inútil.

Las tormentas, que dejaron 100 litros por metro cuadrado en algunos puntos, nos han vuelto a mostrar lo engañosa que muchas veces es la estadística; una lectura fría de los datos hidrológicos de Castilla y León hará que 2015 parezca un año que se mantiene dentro de la tónica general, un espejismo que se desvanece cuando atendemos al momento en que ha caído esa agua.

Nos da cierta sensación de impotencia el constatar que la técnica ha permitido que mejoremos en numerosos capítulos de nuestra actividad, desde la semilla, los aperos o los mapas de cosecha hasta la información servida desde un satélite… mientras que la tecla para que todo funcione sigue fuera de nuestras manos: el agua y la temperatura no las podemos controlar, y eso es una espada de Damocles muy grande en una comunidad con cerca de dos millones de hectáreas de cereales de secano.

Es falso que el agricultor sea un profesional ‘llorón’, propenso a quejarse; más bien, estamos ante la demostración de todo lo que debe darse de forma correcta para que funcione esa gran fábrica de alimentos que es el campo.

La cebada ya se está cosechando en diferentes puntos de Castilla y León, lo que supone un adelanto de unas dos semanas respecto a los últimos años. Eso sí, debemos consignar aquí que las cebadas tempranas están dando un poco más de lo que la gente esperaba; abril y los primeros quince días de mayo no fueron malos, de modo que el aire caliente posterior, que secó las cosechas, llegó cuando esas cebadas estaban desarrolladas.

Hay un trecho entre una mala cosecha y una cosecha catastrófica, y la cebada este año se quedará en mala, puesto que se están recogiendo entre 1.500 y 2.800 kilos por hectárea.

La incógnita de estas fechas está en los trigos, puesto que aún no se sabe cómo les ha afectado el agua de junio; en algunas zonas de Burgos, pero también de otras provincias, esa lluvia ha podido llegar a tiempo. Se empezará a cosechar la semana que viene.

Dicho todo esto, hay que destacar que muchas hectáreas de cereal se han recogido para forraje. Esas han sido las que de verdad han pagado los platos rotos del fuerte calor de mayo.

Un fenómeno digno de estudio es el enorme giro que el campo ha dado en los últimos años desde la cebada hacia el trigo, que ha multiplicado su superficie en Castilla y León. Es una consecuencia lógica del trabajo desarrollado por el agricultor para adaptar su producción a la demanda del mercado, pero sobre todo es fruto de la búsqueda de rentabilidad; el trigo se comporta mejor que la cebada desde el punto de vista agronómico, gracias sobre todo a la labor desarrollada por los obtentores de semillas para mejorar la genética de las diferentes variedades de trigo.

Hace años el trigo se consideraba un cultivo ‘añero’; puntualmente tenía muy buenos años, mientras que el resto se imponían los resultados mediocres. Frente a él, la cebada era un cultivo estable, de resultados más homogéneos.

Hoy otro punto a favor del trigo frente a la cebada está en los herbicidas, puesto que se pueden realizar tratamientos contra todos ellos, incluido el bromo, cosa que no sucede con la cebada.

El agricultor recoge el cereal mientras ya se plantea qué sembrar el año que viene. Cabe lamentar que en gran número de casos la elección de variedades se adopta al margen de lo que le demandará el comprador. Por eso ese demandante, y de forma singular la industria, debería trasladar al agricultor qué variedades necesitará el año que viene; se hace necesario realizar una puesta en común para ver qué variedades de trigo o cebada ofrecen buenas cualidades desde el punto de vista genético.

Una herramienta de la máxima utilidad sería la de publicar una base de datos con las características de las diferentes variedades. Esto permitiría al agricultor decidir las siembras, mientras la industria podría señalar las variedades que necesita (y por las que estaría dispuesta a pagar más dinero). Supondría imitar lo realizado en cultivos como el maíz o la remolacha, respecto a los que magníficos departamentos técnicos han hecho avanzar de forma espectacular al conjunto del sector.

No es un buen año para las leguminosas, puesto que les ha tocado padecer los calores y la sequedad de mayo cuando estaban en plena floración, y por tanto cuando eran más vulnerables. Se ha notado, por ejemplo, en la veza para forraje.

El cultivo de secano que está teniendo un buen comportamiento es el de la colza, que sale muy beneficiado respecto a otros cultivos de la rotación. Podemos decir que es la única alegría de este año en secano. También hay que decir que a muchos nos ha sorprendido gratamente el dato oficioso de 26.000 hectáreas sembradas en Castilla y León, entre secano y regadío.

El agua de junio no le ha venido mal al girasol, una planta que nunca recibe tanta lluvia en ese mes, si bien hay que matizar que no todo el girasol llegó hasta las fechas en que se produjeron las tormentas.

La cosa pinta bien para los cultivos de regadío, para los que esa lluvia permitió ahorrar más de un riego. El calor está favoreciendo los cultivos de verano, como por ejemplo el maíz, un verdadero devorador de agua, calor y fertilizante.

Eso sí, el cultivo de regadío que más ha podido sufrir los efectos de las tormentas es el de la patata, una planta muy delicada que puede acusar el exceso de calor, de agua, etc. La patata va adelantada con respecto a otros años, lo que puede ser una buena noticia si permite arrancar cuando existen precios atractivos.

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